Alex Merino
Me frecuenta poco; sólo los fines de semana. Algunas veces por la tarde, otras a media noche, pero siempre llega acompañado, y se va solo. Bueno, a veces también llega solo y se va igual.
–Sabes mano, te presento a Sutana. Mira valedor, ella es mi amiga Fulana.
Nunca pasan de ser eso: solo unas amigas ocasionales. Sé que en el fondo quisiera comérselas a besos, arrancarles hasta las tripas y decir que por fin, por fin ya se le hizo con una. Pero no. Ese día nunca llega y mientras tanto camina sin rumbo por la ciudad, mirando a todas pero sin que ellas le dirijan ni el fuchi, y es que como está tan bajito, pues a veces se confunde con cualquier niño precoz de secundaria que busca alguien a quien enamorar.
Hace meses me contó de su amiga, una tal Mónica… Claudia…, Esperanza, Eugenia… ya ni me acuerdo, han sido tantas y ninguna la desafortunada. El asunto fue que llegó con cara de espantado, como chiquillo después de su primer beso de piquito. Me dijo que era su nueva chica, que era la mujer ideal, que tenía la sonrisa de fotografía, y no sé qué más, que por fin conocía lo que era el amor, pero ella, con trabajos se había aprendido su nombre. Yo le dije –tranquilo cuate si la acabas de conocer. -No, la deberías de ver, se ve que clarito quiere conmigo, hasta se dejó que la acompañara a la esquina de su casa, y me prometió que nos volveríamos a ver en la escuela. Y si no me crees, te enseño la foto que le tomé con mi celular, mira. No se si al momento de la foto estaba pasando por un bochorno, estuviera aburrida de escuchar tantas teorías chafas de la vida y de la voz tan aguda de mi amigo, o de plano estuviera enojada, púes la chica tenía una cara peor que de santo de vieja cotorra, pero el chiste era que mientras ella estaba totalmente seria el tipo mostraba una sonrisa de bobo. De seguro pasó toda la noche contemplándola la foto junto a su cabecera. Las cosas siguieron igual, a veces nos juntábamos toda la bola para ir a algún sitio. Ricardo decía invitarnos unas cervezas en la “Kafkiada”, Damián prefería una pasadita en “el tope” la señorita “Yola” prefería algo más bohemio y culto como un paseo del brazo de Jesusito, su amigo incondicional, pero la que se pasaba era la Liz, del templo ya no salía, decía que hasta monja se iba a hacer. Mientras yo, Ayante, Milton y Fernandito -mi amigo de esta historia- preferíamos algo más exótico y visual, donde se apreciara la vastedad de la naturaleza, la arquitectura en su estado puro, la expresión del ser humano, el flujo de los colores y el diseño y donde las chicas nos valoraran por nuestro seudo arte (pues todos éramos artistas sin rumbo, y para colmo desempleados) y no hallábamos un sitio mejor que ir a pedir “fiado” en algún teibol.
Algunos sábados, como tres o cuatro seguidos, Fernandito llegó solo, pero con la cara de feliz, decía que ahora sí, poco a poco la estaba enamorando, que le escribía poemas y se los recitaba a cada momento, pero ahora, después de tanto tiempo y de analizar las cosas, llegué a la conclusión de que la susodicha era tan estúpida y mi amigo tan poco dado en eso de las letras, que ninguno entendía lo que escribía y lo que leía en las hojas de papel, se veían peor que la Dama y el Vagabundo, peor que la Bella y la Bestia, es más Thalía y Fernando Colunga en María Mercedes no llegaban a tanto. Pero no por eso dejé de serle fiel en mi amistad –Anímate, lo andas logrando. Escríbele toda una antología y le pagas a algún editor chafa para que te la publique.
-Sí quiero que sea mi chica, pero ella era una histérica con rasgos de esquizofrenia y para colmo bipolar. Pero aún así la amo, es más la ando ayudando, soy su terapeuta sentimental, mejor que cualquier Doctor Corazón, ya verás como cae rendida a mis pies un día de estos. Deberías de conocerla, alta, rubia, ojos de color y con unas “amigas” por delante.
-Mendigo Fernando, ya bájale a tus teorías, analfabeta, cuándo dejarás de leer tanto libro de psicología y creerte el hijo de Freud. Lo que pasa es que mi amigo es tan burro, que piensa que hablando de cosas interesantes podrá llamar la atención, pero ni siquiera es capaz de eso. La cosa (no mi amigo he) siguió igual. Él, de enamorado frustrado, y yo, bueno, yo seguía esperando cada sábado por la tarde con dos cervezas listas en el “refri” para la visita de Fernandito.
La semana pasada llegó todo cabizbajo, dijo que preparó la cena ideal, con velitas y todo muy romántico, que cuando le declaró su amor, la chava se echó a reír y allí lo dejó. Con los tamales y el atole enfriándose sobre la mesa.
–Ni modo vale, así es el amor, algunas caen y otras tropiezan.
No diré que no le dolió, pero poco a poco va mejorando, y como dice el dicho “no hay mal que por bien no venga”. Ayer sábado como de costumbre vino a visitarme, solo estuvo un rato. Se fue temprano y fui a despedirlo hasta la puerta. Lo que el no vio fue que de la acera de enfrente estaba mi vecina Natasha, se viste muy provocativa, usa mucho maquillaje y solo se deja ver por las tardes, siempre sale muy sensual a dar la vuelta y no la veo hasta el día siguiente. Bueno de hecho no creo que sea “mi vecina” con eso de que tiene la voz muy gruesa y tiene unas amiguitas muy extrañas, pero después de que Fernandito se fue, Natasha me preguntó porque no le presentaba a mi amiguito. Cuando vuelva los voy a presentar, quizás y hasta hacen amistad, y si las cosas van bien, pues… a quien le dan pan que llore.