Julio 17, 2008
El proyector del abuelo
José Luis Vivar
Esa noche de verano un anciano camina por una solitaria calle, sin percatarse que dos sujetos lo vienen siguiendo. Alcanzan a verlo cuando llega a su casa. Avienta la chamarra en el sofá, recorre las cortinas y desaparece. La luz del baño se enciende. Ahora se encuentra en la cocina preparándose de cenar: un vaso de leche tibia con unas galletas de soda.
Mientras se dirige a la recámara, los sujetos entran y se esconden detrás de las cortinas de la sala. El abuelo se ha cambiado: viste un short, una camiseta sin mangas y botines negros. Los hampones contienen la risa. Sobre la mesa coloca un proyector de dieciséis milímetros tan obsoleto como él mismo.
Abre una lata y con torpeza consigue embonar una película. Se retira para regresar con una pantalla portátil la cual instala en mitad de la sala. Los tipos ya han desenfundado sus navajas, pero a señas convienen esperar. Sus temblorosos dedos encienden el proyector.
La cinta es a colores pero está bastante maltratada, y además carece de sonido. Una panorámica de la cámara muestra una función de box nocturna. Se detiene sobre el cuadrilátero donde un joven pelirrojo tira jabs certeros a su maltratado oponente, un muchacho de rasgos indígenas. Se aprecia al público escandalizar furioso. En unos carteles se puede leer CERILLO, que es como se le conoce al peleador estrella.
La película avanza. Es otro round. La cámara se mueve demasiado y sólo se ven fragmentos de los contendientes, las luces del ring y el rostro agitado del réferi. De pronto la imagen se establece. El Cerillo tiene ahora una liguera cortada en la ceja izquierda, lo cual no impide que siga manteniendo su ritmo. Tras una serie de fintas consigue arrinconar a su oponente contra las cuerdas. Enloquecido comienza a masacrarlo. La multitud excitada se levanta de sus asientos.
Hartos de esperar, los fulanos salen de su escondite y se van encima del solitario espectador que no es ningún octogenario sino un joven pelirrojo fornido quien ágilmente los desarma y comienza a golpearlos con verdadera saña. La película sigue proyectándose. Antes de que el muchacho indígena se derrumbe, una corpulenta mano ensangrentada apaga el proyector.
Oscuridad absoluta.
La luz de una torreta les hace recobrar el conocimiento aunque no pueden moverse. Saben que están tirados a media calle. Alcanzan a distinguir al viejo en la puerta de su casa conversando con un policía. Los camilleros del forense cubren sus cuerpos con sábanas blancas y se apresuran a subirlos al interior de una vagoneta. Los aterrados delincuentes gritan enloquecidos, pero como en la película que presenciaron, nadie puede escuchar sus gritos.
criado por suplementolajirafa
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