Fernando G. Castolo
Cuando los españoles llegaron al territorio de lo que hoy es Zapotlán el Grande, encontraron una sociedad muy diferente a la que habían enfrentado en el altiplano central, como se puede deducir por las diferencias entre el legado arqueológico de una y otra cultura. Cierto que la cerámica clásica de Occidente había dejado de producirse largo tiempo atrás, pero el clima y la naturaleza tan determinantes para definir el carácter de los pueblos, eran las mismas que 500 años antes, cuando se produjeron las piezas más célebres de las culturas de Occidente: las figuras humanas se representaban en actitudes cotidianas, los perros izcuintlis vigilan, duermen y bailan…
La época colonial se vivió entre el abuso de los encomenderos y las rebeliones de los naturales, defendidos con palabras por la Corona y en la práctica por los humanistas. Las encomiendas, nacidas en sus orígenes para explotar los placeres mundanos de los españoles, dieron paso a prósperas haciendas en las que crecieron hatos ganaderos, maíz, frijol, trigo y caña de azúcar; se seguían obteniendo los prodigios de estas tierras como el pescado blanco de la laguna y los frutos de los innumerables árboles de las sierras, lo que posicionó a la población en un importante polo comercial. Mientras las sangres indígenas y españolas se mezclaban, los temblores de tierra y las erupciones del Volcán de Fuego derribaban las edificaciones que, al ser reconstruidas con el estilo en boga, adquirían su propio mestizaje arquitectónico.
Los ventarrones de la Independencia y la Reforma no causaron más estragos a Zapotlán, más que cambiarle su nombre a Ciudad Guzmán, pero su territorio se iba quedando a la zaga por falta de comunicaciones con el resto del país, a excepción de la inmediata con sus vecinos sureños y colimotes, con quienes comparte geografía, historia e innumerables manifestaciones culturales, la música y la gastronomía entre ellas. Eran tan numerosas las festividades para celebrar a los santos y festejar a los pecadores, que los romances venidos de España se fueron convirtiendo en melodías que tomaron su propia identidad con el acompañamiento de nuestra tradicional chirimía.
Los primeros toques de modernidad en esta “perla del sur” llegaron en el porfiriato con el telégrafo, la electricidad, el ferrocarril y el teléfono. Luego llegarían los beneficios de la Revolución, por los que apenas se pagó con la huella que dejó la tardía guerra cristera.
A pesar de los altibajos, Ciudad Guzmán logró posicionarse en la segunda más importante en el Estado de Jalisco, convirtiéndose en el polo comercial, político, religioso y cultural de la región sur.
Hoy como siempre, Ciudad Guzmán, corazón de la antigua Zapotlán El Grande, tiene muchas cosas para presumir al visitante: sus hermosos paisajes donde la laguna y el volcán arrebatan bellos pensamientos al poeta y al escritor; la aristocracia de su arquitectura que se yergue orgullosa dentro del primer cuadro de la ciudad; la delicia del arte culinario y la cordialidad con que su gente recibe a los fuereños… Ciudad Guzmán, detenta un cultura extraordinaria transfigurada en sus más de cuatro siglos y medio de vida, de historia y de tradición.
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«La fundación de nuestra ciudad se dedicó a la Asunción de María a los cielos, y dado el modo de proceder de los frailes de San Francisco, en las fundaciones de pueblos, conventos e iglesias, de adjudicarles el nombre del Misterio o Santo que se celebraba en la liturgia del día de la fundación, tengo para mí que esta fundación de la Misión de Tzapotlán tuvo lugar el día 15 de agosto de 1533. Y aunque el convento fundado era una “vivienda pobrísima” le dio el título de: “Sancta María de la Asumpción de Tzapotlán” y al sitio donde se congregaron todos los barrios y que le llamaban Tzapotlán-Tlayolan, le dio el nombre de: “Pueblo de Santa María de la Asunción de Tzapotlán”, como consta en un documento correspondiente al 16 de abril de 1697, perteneciente a la Real Audiencia de México, en la Nueva España, a donde pertenecía dicho pueblo de Zapotlán». Esto es lo que nos señala el Canónigo D. Enrique Orozco y Contreras, en su minucioso estudio que dedica a Ciudad Guzmán, dentro de sus relaciones de los “Cristos de Caña de Maíz”.