Agosto 19, 2008
El minotauro
Lisseth Sevilla
La muerte del toro en el ruedo
es la culminación de una obra,
como toda vida termina en la muerte,
la única certeza que tenemos siempre.
Jesús Molina del Rio
Entraste sigilosamente en la estancia,
recorriste tu alrededor y todos, en las mesas,
te fueron familiares.
Seguiste tu camino, reflexionando una y otra vez,
antes de seleccionar a tu presa.
Diste la señal con los pitones de frente,
giraste a nuestra mesa en la que estábamos
sin imaginación y tiempo y decidiste estar ahí,
en ese lugar en el que se encontraba tu matador.
A partir de este instante comenzó una danza,
con tu aliento decidiste que esa mujer te guiara a la muerte,
decidiste danzar con las miradas de todos posadas sobre tu cuerpo
y tus movimientos…
Me miraste y sentí miedo,
tus ojos rojos se clavaron en mis ojos
y querías acabarme.
Me miraste como tu presa
que lentamente destruyes en tu imaginación.
Sentí miedo
un minuto sin ti sobre mi cuerpo
y volviste a mirarme
arqueaste las cejas y habías cornado ya
con delicada sutileza
aquél pequeño mundo de instantes…
Después ignoré tu presencia,
me perdí en la música
y tú seguías la envestida
contra las reglas de la naturaleza.
Me perdí en la copa de vino tinto
y arrancabas mi ropa,
me despojaste de las prendas que protegían
mis secretos.
No tuve deseos de destruirte.
Cayó en la realidad un baño de tierra y asombro,
bajé el estoque y dejé que entraras…
Nadie nos miraba
Se escuchaban las voces
las risas
los movimientos de los otros
y tú te despojabas de tu fuerza viril
en los restos de mi piel,
desmenuzabas mis pensamientos y los hacía suyos.
Pero antes de terminar, los dos, vueltos fusión humana,
volvimos, derrotados
y ya sólo me mirabas con ternura,
como el animal que ha sido saciado
y sólo le queda la calma
el cansancio
y un mínimo
deseo de volver
de entrar en el cuerpo de otros
y hacerlos propios
con esa ansiedad
esa lujuria del que posee un instante
y se va.
criado por suplementolajirafa
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