Octubre 22, 2008
A Zapotlán
Jesús Juárez Martín
De los privilegios naturales,
Zapotlán,
tu prodigalidad de verde jade
inunda de frescura la montaña:
coloso nevado de perlada cima
Adornan tu fértil y grande valle,
Zapotlán,
la romántica: silente laguna
y la imponente Sierra del Tigre
que va rumbo a San Andrés Ixtlán
El encanto mañanero desde viejos siglos,
cautivó,
a los peregrinos, tal vez del norte llegados.
Aquí rogaron a los dioses quedarse
y leyeron sus señales eternas de fuego.
La superficie esmeralda de la llanura,
les mostró,
la suprema dádiva: el maná criollo,
y el maíz, desde lo alto de su cetro,
reverenciaba al divino y a la natura.
Para la necesidad de los hombres,
fue caído,
el grano básico, óbolo de los dioses;
para el sustento material de los mortales.
Comunión de la pradera, pan de la divina mesa.
Con la venia vigilante del dios de fuegos,
se quedaron,
y crecía el naciente pueblo, las gentes
formaban aldeas con la divina complacencia,
ante el insólito espectáculo de plenilunio.
Con orgullo de deidades de la región sur,
aquí se forjó,
el jardín de los edenes, de azul espejo;
con gasas vaporosas, espigas y bosques,
el valle de los amores, de reverencial idilio.
Los mortales con los volcanes cercanos,
convivían,
con el uno, tiritando de frío. Majestuoso, verde.
El otro, de rojo ígneo y pedestal gris solemne,
y en el plano, el trabajo fecundo de los humanos
Con los asentamientos trivales,
por aquí,
hubo casa símil al Calmécac azteca,
semillero de levitas orantes al Señor,
Señor de lumbres y sismos: Dios Colli.
Haciendo historia, creando tradición,
apareciste,
Tzapotlán precortesiano, con flechas y coas,
de artistas campesinos, de ritmo y sonajas,
con alma agradecida al arcano de la vida…
Dulces y redondas frutas, alegres ponches
ofreciste,
desde la naturaleza pródiga, luego… por el Este,
aparecieron yelmos, espadas y cruz,
cumpliéndose la profecía de Quetzalcóatl
Tus serenas noches de angustia se eclipsaron,
recibiste Tzapotlán,
el bautismo en el azul de tu incertidumbre,
y el doloroso alumbramiento novohispano
en la festividad de la Asunción de María.
Fue el quince de agosto del año treinta y tres.
¿Olvidas Tzapotlán?
En el siglo dieciséis, nacías como cristiano.
confundido, entre la bondad franciscana
y la inaudita furia ciega, conquistadora.
Fue el alba de la historia mestiza.
Dolorosa.
El íntegro pueblo de estirpe indígena,
rompió lanzas en montas y armaduras
antes de ser derrotado, luego por la fe fue seducido.
Las voces extrañas, los irreverentes ultrajes
que sufriste,
marcaron tu sensible y tierna esencia,
lloraste a tus deudos, y al nuevo Dios Infinito
los presentaste como ofrenda, para su resurrección
.
Por calles y jacales, templos y campos,
tuviste duelo.
Sólo en las noches de seráfica luna y Pastora,
las sonajas repicaban y las caracolas gemían,
al evolucionar tú, al ritmo de sonajero
El náhuatl y el castellano se apretujaron.
Los Jiménez, los Arreola…
mostraron el nuevo espíritu del hijo pueblo
al mundo entero, los renovados juglares criollos,
con voz de España y el alma indiana.
El muralismo canta la formación patria.
Orozco,
con pinceles rojo y negros, pintó la furia:
el difícil y sangriento parto de noche vacía,
del pueblo mío, de mirada limpia y piel oscura.
En la autóctona partitura sinfónica:
Zapotlán,
al vaivén de la batuta de José Rolón,
deslizó el encanto del gallo romántico, la danza,
en el abece de la alegría, la fiesta y la piroctenia.
La melancolía sureña de belleza contemplativa.
Alfredo Velasco Cisneros,
canta lo inaudible del principio amoroso
en letras susurrantes de plenitud gozosa.
Germen de humildad, unción y maestría literaria.
En la otra cara del viento Félix Torres Milanés,
fotografió,
la filosofía simple, popular, pura, de Juan Vites.
con la desviación moral de los poderosos
Verdad meridiana y premisa de los tiempos
Nuestro pueblo tararea, cuando sentir quiere.
Bésame mucho,
Azul, pintado de azul se esconde con Cachito, pedazo de cielo…
en las notas y remembranzas de Consuelo Velázquez.
De su espíritu musical, de corazón bohemio
Cuentas por centenares, tus grandes hijos nobles,
Zapotlán,
por miriadas, las flores bellas, las mujeres leales,
y honras con devoción las letras de Cristina Pérez.
Sólo por ejemplificar tu descendencia, mencioné algunos.
Sin embargo, nadie como tú sabe de flagelos naturales,
Zapotlán,
de estallidos, de sismos, de la fe confiada .
a tu Santo Señor, Patriarca San José:
Celoso guardián de Jesús, Padre Protector.
Por eso estás en mí, como yo en ti, estoy.
2000
criado por suplementolajirafa
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