Enero 2, 2009
Ahora que te cases
José de Jesús Juárez MartÃn
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    ¡Navidad! Palabra explosiva que estruja el alma en cardiaco ritmo social, venero de ternura que estrecha las generaciones por la rendija del recuerdo milenario del nacimiento del Niño Jesús.
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Si no recuerdo mal, fue en 1982, cuando tú, Jorge, con tus puntadas me enterneciste y confieso que hice esfuerzos por contener las lágrimas, como ahora lo hago. Eras travieso, más bien inquieto como el más, hormiguita dinámica, motorcito diurno constante, subÃas y bajabas la escalera, perseguÃas, “pateabas” el balón, jugabas con tus hermanos, Guel, Huich y Eto; –asà los llamabas… Ese dÃa habÃan ayudado en el llenado de los “bolos” tú y tus hermanos. ¡Mmm! ¿De verdad habrán ayudado? Lo dudo, pero asà lo aseguró tu abuelita Sara.
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           Aquella fecha recordada, habÃa sido 24 de diciembre. Por la mañana, la mamá Ruth, llevó a los pequeños a ver el “nacimiento de la abuelita” pero en su alegrÃa, se sintieron tristes porque las luces no prendieron.
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          La flamante “televisión, a color” se estrenaba y lucÃa en la espaciosa sala de un… digámoslo con consideración, joven matrimonio; a lo máximo, unos 77, bueno casi 80 de él, de ella, unos 54 o 55. –¡Kilogramos! Por supuesto.– ¿Por qué siempre nos referimos a edades?
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          Los torrentes de comerciales, los mensajes propios de la época, preparaban la “noche buena”. Igual que las cocinas calentaban el atardecer y llenaban la casa de gratos olores frutales del sabroso ponche para la familia que se reúne por costumbre querida.
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Estuvimos, temprano por la noche en la casa de tu abuelita, los cantos, los rezos de la posada, las luces cintilantes, los crujientes buñuelos, la alharaca de las bonitas piñatas, la alegrÃa de compartir los regalos, la sabrosa cena, los dulces de rechupete, ¡nada! ni los juegos te tranquilizaron. Raro, porque siempre disfrutabas de las convivencias familiares. Estabas contento, pero ansioso, pedÃas como nunca lo habÃas hecho, que regresáramos a la casa. Cuándo pudimos al final complacerte, después de los abrazos de ¡Feliz Navidad! Era poco después de la media noche.
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¿Por qué querÃas que nos viniéramos? — Volvió a preguntar mamá. Nunca hubo una contestación clara… al llegar a casa, subiste rápido a tu recámara y volviste triste, al comedor donde hacÃamos inventario de los juguetes que habÃan recibido. Tu inquietud habÃa cambiado y casi llorando, comentaste: No hay nada, no hay nada.
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– ¿Una avalancha? -¿Una bicicleta?-¿balón?
–¡No! La hermanita que pedà al Niño Dios en la escuela… contestaste: para dejarnos sin palabras.
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–Ahora que te cases hijo, también le pediré a Dios que me traiga en tu casa una nietecita, puede ser que yo tenga más suerte que tú. Â
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criado por suplementolajirafa
12:57 pm — CategorÃa: 
