Mayo 20, 2009
¿No sabemos los nombres de los asesinos?
Eduardo Etchart Mendoza
Recordemos al hombre íntegro
Debido al Plan de Agua Prieta y a la presión que estos ejercían en la vida política del país, el presidente de la República Venustiano Carranza decidió sacar al Gobierno de la ciudad de México y llevarlo por propia seguridad a algún puerto o a alguna frontera. Optó por tomar el camino hacia el puerto de Veracruz. Así que el tren olivo salió del Distrito Federal en mayo de 1920. Iba con sus generales más allegados como comitiva y con una buena escolta del Colegio Militar, pero en Aljibes el ferrocarril ya no pudo avanzar, retiró a los jóvenes cadetes dándoles una pequeña gratificación del Erario, y de acuerdo a sus allegados decidieron continuar a caballo por la sierra de Puebla para llegar a su destino. Finalmente a los serranos no les preocuparía su paso por el lugar. No así a los gavilleros del rumbo porque un presidente sin protección era una presa muy atractiva para cometer el delito que comentaremos a continuación.
El 19 de mayo fue elegido el general Francisco de Paula Mariel para encabezar la marcha y tomar el rumbo, pues él como comandante de la zona conocía bien la sierra. Así que esa misma noche comunicó a Carranza y a su comitiva que harían la jornada del día siguiente hacia Tlaxcalantongo. Nunca pensaron que la mañana siguiente se iba a presentar ante ellos un bandido de la zona de nombre Rodolfo Herrero. Éste había buscado la amnistía dos meses antes con el general Mariel, quién se la había otorgado, y aparentemente ya no estaba cometiendo fechorías, aunque todos en la región sabían que capitaneaba una banda de 200 hombres apoyado en la dirección por algunos familiares, principalmente sus hermanos. Al presentarse Herrero le comentó a los generales que se ofrecía para guiarlos y escoltarlos dado que conocía bien la sierra. Mariel mismo lo avaló y aprovechó para excusarse de no ser él quien dirigiera la marcha.
Avanzó el grupo durante el día con rumbo al poblado mencionado y los hermanos de Herrero, Hermilo y Emilio se adelantaron a Tlaxcalantongo para pedirles a sus habitantes que abandonaran la población, haciéndolo la mayoría; así que en la tarde que llegó la comitiva con el Presidente fue fácil asignarle un jacal para que éste lo ocupara. Herrero aprovechó para excusarse y decir que se incorporaría al día siguiente, se le dio permiso de hacerlo. La actitud sospechosa de Rodolfo y lo desolado del lugar hicieron que desconfiaran Luis Cabrera, Gerzayn Ugarte y Francisco Murguía, acudieron con Carranza, le comentaron, pero él no vio la necesidad inminente de abandonar el pueblo.
Tenían la obligación de acompañarlo y de cuidarlo los militares siguientes: Manuel Aguirre Berlanga, Mario Méndez, Pedro Gil Farías, Ignacio Suárez, Octavio Amador y Secundino Reyes. Nos preguntaremos siempre porque cuando llegó Herrero con sus hermanos y su banda en la madrugada del día 21, ninguno de estos militares apareció para proteger la vida del Primer Magistrado. ¿Dónde estaban? ¿Por qué no persiguieron a los forajidos?
La cantidad de balas que dispararon sobre el jacal hubiera matado a un centenar de hombres, obvio que cuando entraron al sitio, el Presidente estaba inerte y su cuerpo brutalmente acribillado. Así fue el triste final del varón de Cuatro Ciénegas, quién había defendido al país desde el asesinato de Madero, ya que como gobernador de Coahuila le reclamó a Victoriano Huerta y se levantó en armas con el Plan de Guadalupe. Supo llevar el orden hasta que se promulgó la Constitución de 1917 como un logro jurídico de la Revolución. Él mismo se opuso a los norteamericanos que seguían cometiendo atropellos en puertos y fronteras mexicanas, con contundentes escritos y con certeros reclamos diplomáticos. Sólo nos resta decir: Los traidores…bien, gracias.
criado por suplementolajirafa
11:17 am — CategorÃa: 
