Salvador Manzano Anaya
“Dicen que en un pueblo chico somos como una familia muy numerosa, todos nos conocemos, la plaza de armas en el corazón del pueblo viene siendo el patio y todos tenemos nuestras habitaciones alrededor, con esta creencia… yo crecí”.
En un lugar donde todos nos conocemos, las noticias corren como polvorín sobretodo las malas, los argüendes y chismes malintencionados que apuran cabalgando en el potro endemoniado de las malas lenguas y también las leyendas. Este pueblo no dista nada de eso. Las doñas pasan enrebosadas antes del alba para hacer fila en el molino para procesar su nixtamal, el panadero grita su ansiedad de vender el pan despertando a todos antes de que el gallo lo haga, más tarde pasaran los vaqueros que madrugaron a la ordeña…
El sol tímidamente va barriendo de las calles las almas que por la noche bailaron en sus comparsas fantasmales dejando el confeti podrido de los viejos carnavales, también las que vinieron a visitar a sus deudos entre los mortales.
En la ventana caída del parían asoma el espíritu maldito del escritor que negó a su pueblo, encadenado y atado para siempre a la adoración de su obra que orgullosamente le profesan sus coterráneos.
Aquí las calles son de trazo recto carente de diagonales con cuatro cruces en los puntos cardinales que nos protegen de todos los males. De noche tiene una tenue luz de faros que pesadamente cae sobre el fino empedrado, caparazones plateados bañados de luna. La noche es pronta y en las esquinas se forman recovecos oscuros con formas lúgubres para espantar a cualquiera.
-Muchacho, el puente del Santuario crúzalo por media calle, porque si te asomas al río ¡te lleva el chamuco! - me decía Don Gil el anciano que contaba cuentos cuando me mandaban al pan para la merienda, después me di cuenta que el chamuco era él, murió de viejo, briago de vivencias.
En un pueblo chico todos nos conocemos… también los muertos con ellos convivimos a diario, ánimas que mantenemos entre nosotros por las fuertes ataduras sentimentales…
-M’ijo, rézale un padre nuestro al Padre Julián para que se vaya de aquí y no ande espantando gente -
Todos nos conocemos, nos conocimos y después seguiremos viéndonos porque aquí es como una fusión del pasado y el presente, el porvenir parece que no existe no tenemos futuro en este pueblo, a lo mejor no cabe…por ser chico.
Dicen que hay crisis en el mundo, aquí siempre la ha habido no sabemos de otra cosa, es nuestro hábitat natural, economía estancada a veces hasta decadente, aspiraciones pródigas y milagros pendientes.
Este pueblo es un lugar elegido para venir a morir, un cementerio de vivos, los que alguna vez se fueron de aquí a decantar sus anhelos y sus sueños emprendedores a otra parte, al terminar su ciclo voltean hacia acá para desenredar la bola y encontrar el camino que los traiga con el deseo de asentarse en la tierra que los brotó y quedarse para siempre…por eso hay tanto muerto aquí, todos se van; pero se vienen a morir. No muy lejos de ahora en tiempo, estas tierras fueron escenario de luchas sangrientas, sembradío de muertos en la tierra, en la historia, en el triste y temeroso recuerdo falleciente de nuestros ancianos. Aquí es puro polvo rojo revuelto de mártires, guerreros de la fe y bandidos, abono ideal de estas tierras tan fértiles, aun se manifiesta la lucha de esos espíritus revolucionarios que aparecen convertidos en una tolvanera, aun quieren pelear por la causa que no se ha logrado desde aquellos enfrentamientos armados y que tanta huella dejaron aquí.
– En ese zalatón que esta ahí muchacho, colgaron a varios por bandidos, eso decía el letrerito que les colgaba del pescuezo -
Todas las mañanas cuando salgo de casa para ir a la escuela, se dirigen los burreros a traer leña para el fogón, más tarde retornarán cargados de palo de mezquite y ocote recorriendo las calles del pueblo y regando estiércol, con la pesadez de la carga y el rojo decadente del sol.
–¡Arreé burrooooooo! – Tengo grabado ese grito que también apresuraba mi paso a la escuela…
Cierta vez que el pueblo moría de sed y de sequía, un bandido que robaba las diligencias del camino para ayudar a los pobres, lo agarraron los soldados, le tendieron una trampa con la sorpresa de que sus secuaces que escondían en la ladera eran muñecos bien armados ocultos entre las matas. Fue destinado al paredón de fusilamiento, en sus ultimas palabras dijo que si Dios lo recibía en el cielo pediría agua para este pueblo seco. Y de pronto se nubló todo y llovió tanto que hasta el río se salió, eso dicen del bandido bueno.
- Mira muchacho, cuando veas un remolino de viento con polvo como loco por la calle, no mires es el demonio, cierra los ojos y persígnate, para que se vaya pronto -
En mi camino diviso el carretón de alfalfa, repartiendo manojos en las casas donde hay puercos y el típico aroma amargo de la hierba, al pie de las puertas de las casas quedan tirados los matojos que después recogerán los dueños cuando se cercioren de ellos o cuando los cerdos lamenten su hambre.
Por tanto cerdo que hay aquí, tenemos muchas moscas deambulando locas por todas partes, símbolo de este pueblo, con el que compartimos nuestros sagrados alimentos. En la noche de tiempo de aguas revolotean palomitas alrededor de las lámparas con las que torpemente chocan, pierden sus alas y caen, ponemos tinas de agua para ahogarlas y al día siguiente recogemos llena de esos insectos voladores y la tiramos sino se comen la ropa. Todas esas noches de recovecos negros y fantasmas se oían cantar los grillos con fuerza – no mates esos grillos hijo, porque gracias a sus cantos no escuchamos los gritos de las ánimas del purgatorio – Nunca supe que tan cerca estaba el purgatorio de este pueblo para que pudiésemos oír semejantes lamentos o si era aquí mismo…
- Una vieja venía del cerro a vender escobas al mercado y todos los negocios prosperaban, pero un día le impidieron su entrada y ella enojada se fue a otro pueblo y ahí creció el comercio por eso éste se quedó chico, además no conforme con su gracia, nos dejó el río sin agua y condenado a ser un basural –
Por la misma razón de tantas cosas de susto que nos contaba la gente grande, nuestra imaginación era muy creativa y muy prolífica de tenebrosidades. En cuanto la noche tendía su manto nos escondíamos en nuestras casas no queríamos salir para no oír pasar las carretas, ni ladrar a los perros, ni cantar el tecolote y temblábamos de miedo si alguien gritaba por la noche. – ¿Oyes esas cadenas que arrastran hijo?, el catrín lleva en su carreta a uno que maldijo a su madre… - así nos educaban y para variar se oía el grito “¡muévete bestia! y todos con un Jesucristo en la boca por eso somos tan obedientes, tan bien portados y buenas gentes. Los lazos familiares siempre eran fuertes, mantenían a toda la familia unida, los vivos y los muertos, tal vez separados por un hilo muy fino que marca donde esta cada quien, tú estas vivo, tú estás muerto, pero estamos juntos y así vivimos todos en este pueblo chico.
En este pueblo harto de creencias vive uno en el umbral entre leyendas y vivencias, no sabes luego en que parte está, si es mito o extraña realidad …cierta noche tuve un sueño… estaba entrando en una casona que tenia un pasillo estrecho y muy largo, en el fondo se veía un iluminado salón donde había una fiesta alegre y bulliciosa como saben hacer en mi familia, me dirigía lentamente allá con temor tal vez con un poco de incertidumbre, en tanto me acercaba pude notar que todos los asistentes que departían en esa curiosa velada eran mis parientes que ya habían muerto, exactamente los que en ese entonces en paz descansaban, todos ellos queridos, que habían fallecido hace tiempo, además no hace mucho que habíamos enterrado a mi abuelo materno a quien yo siempre quise como un gran padre, él estaba ahí en esa fiesta.
Mi abuelo sorprendido de verme se dirigió hacia mí con prontitud interponiéndose a mi acceso al salón, me tomó de los hombros volteándome de regreso a la salida de la casa. –No hijo mío, tu todavía no, regresarás más adelante, pero ahora no – Mientras esto ocurría con mi abuelo que me abrazaba, encaminándome a la calle de nuevo, miré rápidamente de reojo al contingente que dejaba atrás y sonriente me saludaba y noté que entre ellos había un tío que aun vivía en ese momento, mi Tío Avelino él no estaba muerto…
-Despierta, despierta levántate rápido muchacho - hay que arreglar la casa, acaban de avisar que traen al pueblo a tu tío Avelino lo mataron anoche…