Junio 25, 2009
Un pequeño y suave botÃn
José Luis Vivar
Para Verónica
El escándalo despertó a Delfina. Era domingo, todavía no daban las siete de la mañana y esas viejas gritonas ya tenían motivos para andar de chismosas. Era el colmo. No tenían respeto por el prójimo ni cuidaban su lenguaje.
-¡Otra vez con lo mismo! –dijo enojada-. ¡Eso me pasa por hacerte caso de venirnos a vivir a una privada!
-¿Qué dices, mujer? –respondió Rubén, todavía adormilado.
-¿No estás oyendo? –Delfina se había colocada junto a la ventana, con la cortina ligeramente recorrida para observar aquel puñado de licenciosas.
Rubén giró su cuerpo y colocándose una almohada encima de la cabeza, volvió a conciliar el sueño. Nadie iba a interrumpir su única jornada de descanso.
-¿Por qué no sales y averiguas lo que sucede? –murmuró antes de volver a lanzar ronquidos.
-¿Salir yo? ¿Quieres que me ponga a su nivel?
En el angosto patio de forma rectangular que compartían los doce departamentos, seis a cada lado, un grupo de señoras de todas las edades no parecían llegar a ningún acuerdo.
-¡Esto tiene que saberlo don Calixto! ¡Él, como administrador debe poner fin a esta cochinada! -dijo doña Cande.
-¡Ese viejo panzón no mueve ni un dedo! –apuntó colérica Lupita, una joven maestra recién casada- ¡Creo que mejor debemos avisar a la policía!
-¿La policía? –se cuestionó Delfina en voz alta-. ¿Se estarán robando algo?
Rubén y ella llevaban un año y medio viviendo en el departamento número siete. Él trabajaba como contador en una empresa de seguros y ella era nutrióloga en un hospital particular. Llevaban tres años de feliz matrimonio, no tenían hijos, y estaban ahorrando para comprar una casa.
Ella odiaba vivir no sólo en aquella sino en cualquier privada. Había crecido con la idea del rechazo por don Aurelio, su padre, quien argumentaba que en ese tipo de viviendas colectivas siempre ocurren chismes y conflictos vecinales. Ambas situaciones las estaba comprobando, y por sugerencias de su mismo progenitor convenía que investigara lo que estaba sucediendo antes de que empezara a señalarlos como responsables.
Sin consultar a su marido, al día siguiente, poco antes de las cinco de la tarde, Delfina se presentó en la casa de Lupita quien la recibió sonriente y con absolutas muestras de cordialidad, que distaban de la mujer furibunda que había visto y escuchado el día anterior. Vivían puerta con puerta, y fuera de los saludos ocasionales nunca habían cruzado palabra.
-.¿Gusta usted un cafecito, vecina? –sobre un pequeño escritorio había un cerro de cuadernos escolares que esperaban ser calificados.
-No gracias –dijo titubeante.
Lo último que se le podía ocurrir sería aceptar la bebida de una persona extraña.
-. En realidad no quisiera quitarle su tiempo, pero me tiene intrigada el incidente de ayer en la mañana. Bueno, desde hace varios días.
-¿Qué a usted no la han robado? –la pregunta la tomó por sorpresa. Sintió que si lo negaba sería sospechosa y si lo aceptaba se metería en problemas.
-Este, me da pena comentarlo.
-No, no, que no le dé pena –la voz de Lupita comenzó a adquirir el tono grave de los días que encabezaba las protestas en el patio-. ¡Dígalo! ¡Es la verdad! ¡A todas las que vivimos en esta privada nos han robado los calzones!
-¡¿Calzones?! –gritó asustada.
Cuando le comentó lo sucedido a don Aurelio, éste permaneció un momento en silencio. Podía esperar cualquier cosa menos que un depravado estuviese sustrayendo de los tendederos prendas íntimas.
-¿Y tú qué le respondiste, hija?
-Pues la verdad papá –dijo apenada-. Hasta entonces caí en la cuenta por qué nunca he vuelto a ver unas tanguitas que compré en Guadalajara el año pasado.
-¿Y cómo se supone que los roba? ¿Qué ninguna de ustedes ha podido estar al pendiente?
-¡Parece que se mete a los patios de cada departamento papá! ¿De qué otra forma podría ser?
-¿Y qué opina tu marido de todo esto? -don Aurelio estaba molesto con Rubén por haber ido en su contra. Las privadas son lo peor que han hecho los hombres en las ciudades, les dijo al conocer que rechazaban su oferta de vivir en un condominio de su propiedad.
-Está enojadísimo. Dice que va a comprar una pistola.
-¡Dile que digo yo que mejor te compre una casa! ¡Pinche hocicón!
De un día para otro los robos cesaron. Las mujeres comentaban que la presencia de dos mujeres policías debió asustar al fetichista, que es como empezaron a llamarle. En una improvisada junta de vecinos, una de aquellas guardianes del orden había lanzado un mensaje claro y directo.
-El asqueroso ratero vive en esta privada, o es alguien de su confianza que viene de visita. Pero si comete una pendejada y lo agarramos, ustedes mismas señoras se van a encargar de encuerarlo y darle una buena madriza antes de que nosotras hagamos lo propio en otro lugar.
La desconfianza empezó a prevalecer entre los habitantes de la privada. Ya no se trataba sólo de ellas, sino de los caballeros también. Los novios, amigos, vendedores y repartidores empezaron a ser vistos con recelo. Unos con otros se vigilaban. Esa noche lluviosa en que se había ido la luz, Delfina tuvo que explicarles a un cuarteto de vecinos furibundos apostados a la entrada, que ese señor que la visitaba era don Aurelio, padre con quien estaba a punto de salir de viaje.
-¿Y don Rubén no va con ustedes? –preguntó un chaparrito, a quien hasta ese instante lo reconoció como el esposo de Cande.
-Él se queda porque tiene que trabajar, no le dieron permiso.
-Entonces váyase sin pendiente que aquí se lo cuidamos, vecina.
En el aeropuerto ella, sus padres y sus dos hermanas debieron esperar tres horas. Delfina no quiso llamar a Rubén por temor a despertarlo, así que se entretuvo leyendo una revista de espectáculos. Finalmente, una voz anónima anunció que el vuelo se suspendía por el mal tiempo. Los viajeros debían volver hasta el día siguiente a la misma hora, o permanecer en lista de espera con otra aerolínea.
-Vámonos a descansar –propuso don Aurelio.
Aunque Delfina se negaba, por ser demasiado tarde, no pudo impedir que toda su familia la acompañaran de vuelta a su casa. Seguía lloviendo pero afortunadamente la luz había regresado.
-Pasen –dijo ella-, voy a preparar café.
-Esta vez todos te lo aceptamos hija –dijo su mamá, a quien le dolían los pies por llevar unos zapatos que recién había estrenado.
A delfina le resultó extraño que las luces de la sala estuviesen encendidas. Eran casi las tres de la mañana. Sus padres y hermanas venían detrás de ella. No supo cómo explicarse la presencia de esa música afroantillana y las voces masculinas que se escuchaban. Era extraño, sabiendo que su marido jamás se desvelaba. Algo debía haber ocurrido. Posiblemente algunos de los vecinos estaban allí, o tal vez los agentes policíacos. Un ataque de ansiedad empezó a dominarla.
Pero al abrir la puerta descubrió que las voces no pertenecían a ninguno de los señores que se turnaban para vigilar la entrada; tampoco estaban los oficiales. En su lugar había dos amanerados sujetos, recostados en el sofá bebiendo y fumando, mientras que Rubén, su querido Rubén con los ojos cerrados se contoneaba como bailarina exótica encima de la mesita de centro, sin más prendas que una diminuta tanga roja.
Sobre el comedor podía apreciarse la totalidad del colorido botín que había sido sustraído de los tendederos. Aquello semejaba un muestrario de lencería por estar presentes todos los estilos que existen en el mercado, incluyendo dos inmensos calzones de abuelita.
-¡Lupita! ¡Lupita! –gritó Delfina con todas sus fuerzas. La visión comenzó a volvérsele borrosa. Antes de perder el conocimiento alcanzó a escuchar una algarabía de locuciones, sobre todo femeninas, y el vozarrón de don Aurelio exigiendo la cabeza de su malnacido yerno.
criado por suplementolajirafa
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