Fernando G. Castolo
La vejez puede y debe ser un “don” de la naturaleza; sin embargo, “se embejece como se ha vivido”, dicen.
Muchos llegan y se van de este mundo sin haber valorado la mayor riqueza que tuvieron. Otros, con enorme sabiduría, equilibraron su existencia entre situaciones que es posible remediar y las que no tienen remedio. Este es el caso de nuestra nominada, la señora Josefina Elizondo Zamora, conocida cariñosamente entre nuestra comunidad como “Petita”. Por cierto, este sobrenombre ella misma lo eligió, dado que deseaba evitar que sus nietos le dijeran abuelita porque la hacían sentir muy vieja.
Su vida misma es su mayor secreto de
longevidad.
Nació en la Manzanilla de la Paz, Jalisco, el 26 de junio de 1899, en el seno de una familia dedicada a las labores del campo. Fue la última hija de siete (cuatro hombres y tres muejeres) del matrimonio formado por don Marcial Elizondo y doña Timotea Zamora. Fueron sus abuelos por la línea paterna don Ciriaco Elizondo y doña Francisca Mejía; y por la línea materna don Valentín Zamora y doña María López; según los datos de su acta de nacimiento asentada con el número cincuenta y seis del libro número uno del Registro Civil de aquella localidad.
Recuerda que en su casa siempre fue muy querida y “chiquiada” por sus padres, quienes la consentían mucho por ser la más pequeña; aún así ella también ayudaba en las actividades del hogar. Rememora de igual manera los sucesos de la cristiada, donde dice que dos de sus tíos fueron combatientes y fusilados por las tropas gobiernistas.
Dice que de joven fue muy “noviera” y que hasta dos novios tuvo al mismo tiempo. La forma en que conversaba con sus pretendientes era por debajo de la puerta: ella por dentro y él por fuera se acostaban en el piso boca abajo, y por la rendija inferior de la citada puerta platicaban.
Un buen día conoció al hombre más guapo que jamás hubiera visto y se enamoró profundamente. “Mis padres me decían que estaba muy guapo pero que con eso no me iba a mantener. Aún así, fue al hombre que elegí para mí”.
Casó en la parroquia de su pueblo natal con don Manuel Barajas Álvarez, con quien procreó cinco hijos: Graciela, Abigail, Bertha, Humberto (estos dos últimos son cuates) y Jaime, todos nacidos también en la Manzanilla de la Paz.
Al poco tiempo de su matrimonio —con su pequeño Jaime de brazos—, doña Josefina decide con su esposo radicar en Ciudad Guzmán (lugar donde don Manuel vendía caballos), a fin de consolidar los proyectos que habían anhelado, dado que la citada ciudad les ofrecía mayores oportunidades de desarrollo. Establecen su residencia familiar hacia el norte de la mancha urbana hace más de sesenta años, vecindario que les conoce y reconoce, y en donde doña “Petita” es el alma del lugar por su entusiasmo en participar en cuanta celebración social se lleva a cabo.
Siendo una mujer nada sumisa (a pesar del contexto en que se educó), se dio el lujo de trabajar por su cuenta —en la venta de ropa y calzado; además de escobas, jarcias y escobetas—, a fin de evitar que sus hijos siguieran laborando en el campo —tal y como era el deseo de su esposo—, costeándoles su preparación profesional, enorgulleciéndose de ello porque pudo formar a hombres de bien. Comenta que personalmente ella iba a cobrar, de casa en casa, a sus clientes; por ello mucha gente la conoce. Para surtir su mercancía tenía que trasladarse a Guadalajara una vez por semana acompañada siempre de su pequeño hijo Jaime.
Tiempo después, con la familia ya grande y con la necesidad de una casa-habitación propia, don Manuel decide comprar una. Ni don Manuel ni el propietario de la finca podían ponerse de acuerdo en el precio dado que no cedían en sus posturas. En ese momento doña Josefina decide hablar en privado con el propietario diciéndole que acepte la propuesta de su esposo y que ella, de su peculio, pondría la cantidad faltante y que no le comentara nada a don Manuel. Fue así como finalmente tuvieron una casa propia, expresa orgullosa doña “Petita”. “Yo, cada que discutía con mi esposo, con eso lo callaba: por mí tenemos casa…”
Comenta que su esposo era tan machista que no dejaba a sus hijas tener novio; por lo que ella se alió con sus hijas y vigilaba que don Manuel no las viera mientras “echaban pegue con el novio”.
Enviudó en el año de 1985, y a partir de ese tiempo, sus hijos ya no le permitieron trabajar y desde entonces se dedican a cuidarla y a llenarla de atenciones. A fin de que no se enfade, pasa unos días en casa de cada uno de sus hijas e hijos, y se entretiene disfrutando de sus 24 nietos y de sus 31 biznietos. Tanto sus yernos como sus nueras la quieren mucho y la consideran como el pilar de la familia, puesto que sus atinados consejos son frecuentemente solicitados. Es muy inteligente y mantiene lúcida su mente a pesar de sus ciento diez años de vida.
Su caminar pausado y lento lo ayuda con un bordón; sin embargo, es muy autosuficiente, dado que sola de levanta y se sienta sin ningún problema. Gusta de ir mucho a misa, a la que la acompañan sus hijos y nietos.
Sorprendentemente, doña Josefina, aún goza de una excelente salud, pues dice no dolerle nada, hasta ella misma se ríe cuando suele caer. Nunca se ha roto algún hueso y sus percances de salud no son de mayor cuidado, por lo mismo evita recurrir a tomar mediamentos. Dice que quizá ello se deba a que fortaleció mucho su cuerpo, porque de joven montó caballos y caminó largos trayectos. Come de todo, aunque moderadamente, siendo su mayor satisfacción “chupar huesitos”, dice uno de sus hijos. Gusta de echarse sus “guacos” cuando escucha la música del mariachi y la banda, sobretodo cuando interpretan su canción favorita: Cuatro meses: “Que se te quite ese orgullo mujer que tienes…”, tararea ella misma la canción.
Como es muy dicharachera, siempre sonríe y está muy contenta. Cuando entre sus hijos y parientes discuten sobre su edad, ella siempre comenta: “échenle, que al cabo yo ni cuenta me doy”. Ella misma se cataloga como una mujer bromista, dado que siempre está de buen humor. Le gusta estar siempre muy bien presentable —escoge el atuendo que lucirá para determinados días— y convivir en reuniones familiares hasta altas horas de la noche, inclusive de la madrugada.
Doña “Petita” se admira de vivir muchos años y no sabe ni cómo ha llegado a su edad. Está muy orgullosa de que sea tan querida en su familia y agradece a Dios la plenitud de poder disfrutarla todavía, comenta mientras sus ojos se llenan de lágrimas.
Doña Josefina Elizondo Zamora es un centenario vivo de Jalisco; que guarda al pie de la letra todas las cualidades que se pregonan entre los seres humanos —comprensión, flexibilidad, humildad, paciencia, respeto, sinceridad, fortaleza, templanza, etc.— y que está dispuesta a vivir “hasta que Dios me de licencia…”
Sin duda alguna, la aportación más encomiable de doña “Petita” es que, como centro medular de una comunidad que se erige en torno a ella, ha sido capaz de ser un ejemplo de virtudes y valores para muchos hombres y mujeres que son elementos que con su trabajo coadyuvan en la construcción de un mejor Jalisco.