Septiembre 30, 2009
Después de nacer hay que creer en uno mismo
Eduardo Etchart
El 30 de septiembre de 1765 nació en el zaguán de una casa de Valladolid, quien con los años logró por sus actos se le cambiará el nombre a la ciudad, porque entre otras cosas, supo darle a su vida la proyección con todo el esplendor que su capacidad le permitió.
Nos referimos a José María Morelos y Pavón, un hombre que tuvo un nacimiento singular: Resulta que su madre Juana Pavón al entrar a trabajar en la casa en que ofrecía sus servicios domésticos, sintió que su bebé iba a nacer, y en el zaguán dio a luz. Este niño tuvo un padre irresponsable de sus obligaciones; la salida que encontró a la situación de mantener a una familia fue abandonarla, e irse con su hijo mayor de nombre Manuel. Por lo tanto el niño José María se quedó con su mamá al igual que su hermana menor Antonia, sin mayor apoyo que su propio esfuerzo.
A los doce años José María tuvo que enfrentarse a la realidad del momento que se vive, y más quienes sólo tienen el diario sustento o menos para sobrevivir. Algunos biógrafos dicen que se fue con un tío y le ayudaba en cuestiones de arriería, para otros el joven vallisoletano se fue a un rancho en la tierra caliente michoacana para ganarse la vida como labrador. El hecho es que ayudaba económicamente a su madre y hermana, a las que nunca les faltó su apoyo moral (y repetimos económico).
A los 25 años decide estudiar el sacerdocio en Valladolid, siete años después ya había logrado todos los requisitos y empezó a ganarse la vida como párroco en Churumuco en tierra caliente, pidiendo a su madre y hermana que se fueran con él. El clima afectó a doña Juana. Por lo que se regresó, muriendo su mamá en el viaje. Así que pidió el cambio a otro curato: el de Carácuaro y de Nocupétaro que tenía un clima más benigno.
Llevaba cabo su buena labor eclesiástica, cuando se enteró del inicio de la Guerra de Independencia el 16 de septiembre de 1810, obviamente semanas después. Se acercó a Hidalgo, porque es indudable que lo había conocido en el Colegio de San Nicolás y trató de verlo en Valladolid, llegó tarde, el cura de Dolores había salido de la ciudad, pero en su empeño Morelos lo encontró en un pueblo cercano, Charo y en carruaje fueron platicando hasta Nocupétaro, el trayecto bastó para convencerse que su destino estaba en el momento que se vivía y no en la vida cotidiana del curato.
Marchó pues a lo que él mismo llamó comisión del cura Hidalgo, pero desde octubre de 1810 hasta octubre de 1815, esos cinco años fueron actos que él mismo sopesó, calculó, valoró, vivió y enfrentó. Decir poblaciones como Acapulco, Chilpancingo, Chiautla, Taxco, Cuautla, Huajuapan, Tehuacán, Orizaba, Oaxaca, Valladolid, Apatzingán, Temalaca, la ciudad de México y San Cristóbal Ecatepec, es mencionar ciudades o pueblos que fueron testigos de su presencia, de sus acciones, de su determinación, de su firmeza, de su pundonor, de sus virtudes y de sus defectos como humano.
Nunca fue la petulancia, la soberbia o la villanía cómplices de sus actos. Podemos decir que creyó en la soberanía del pueblo, en la buena ley y en la libertad. Los más de 400 documentos que existen a la fecha en el Archivo de la Nación o en cualquier otro repositorio de papeles históricos en nuestro país o fuera de él, nos permiten repetir que después de nacer hay que creer en uno.
Creo don José María que en el lugar que su alma se encuentre, debe estar orgulloso de que cuando alguien habla de su persona es que supo de su valía. Usted si merece su nombre en una ciudad, un pueblo, una calle, una escuela, un barco, un avión, ya que si supo darle vida y valor a su existencia.
criado por suplementolajirafa
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