Noviembre 2, 2009
La muerte visita a Macario
José Luis Vivar
La historia se ubica en México, en el siglo XVIII, en la víspera del Día de Muertos, Macario (Ignacio López Tarso) es un leñador del sureste del país, cuya familia está integrada por su esposa (Pina Pellicer) y una prole de chiquillos hambrientos que devoran hasta la última migaja de lo que les sirven. En medio de esa pobreza extrema, las ilusiones del leñador por llegar a comerse él solo un guajolote (curioso plumífero que en temporadas navideñas cambia su nombre por el de pavo) se esfuman como el humo del fogón que es lo único que prevalece en su humilde morada.
Pero un día su suerte cambia gracias a la comprensión de su compañera quien a escondidas le obsequia precisamente eso que él tanto anhela: ¡un guajolote! Aunque en un principio se niega a aceptarlo, el hambre y los deseos de disfrutar un banquete a solas terminan por convencerlo. Así que en un santiamén Macario se interna en la selva (¿lacandona?) para prepararse un rico manjar.
Desgraciadamente la buena suerte siempre viene acompañada de pequeños inconvenientes. Y estos detallitos no son otra cosa que tres inesperados visitantes: Satanás, Dios y la Muerte. Todos quieren que les comparta un cachito, una pieza, algo de esa jugosa carne que está asando. Macario se envalentona y se niega a compartir lo que con tanto trabajo ha conseguido. Él no siente que lo suyo sea egoísmo, sino que es un derecho conquistado por tantos y tantos días de trabajo, por quedarse sin comer para dárselo a los suyos. No es justo que esos visitantes vengan a quitarle lo único que ha ganado.
Y si al demonio lo manda a donde mismo y a Dios le explica que no puede ser que venga a quitarle al pobre lo que tiene por ser pobre, con la Muerte (Enrique Lucero) es con quien finalmente termia por ceder. En el siguiente diálogo se cifran las razones.
MUERTE: ¿Por qué me invitaste de tu pavo, si sabías quién era?
MACARIO: Pues porque me dije, esta ya viene. Si lo invito a lo mejor me da tiempo de comer un poco más.
MUERTE: ¡Ah qué Macario! Nomás por eso me caíste bien.
En agradecimiento por compartir su platillo, recibe el don de salvar vidas, depositando en la boca de la víctima unas gotas de una milagrosa agua. Aunque le hace una aclaración. Si la muerte se halla a los pies de la persona, ésta tiene derecho a seguir viviendo. Pero si se encuentra a la cabecera del lecho, nada puede impedir su inminente final. Macario compromete su palabra. Sin embargo, la fama de sanador en el pueblo lo arrastra a una vorágine de sentimientos encontrados y una desmedida soberbia.
La película Macario (Roberto Gavaldón, 1960), basada en un cuento del misterioso escritor B. Traven (quien al parecer retomó el tema de un relato de los hermanos Grimm), y con guión de Emilio Carballido y del mismo Gavaldón, es una historia atemporal que sigue fascinando por los ingredientes mexicanos que en ella se muestran. Además del lenguaje y de los regionalismos que en ella manifiestan sus intérpretes, se observa la autodenigración de mexicanos contra mexicanos. Por ejemplo, la sirvienta de la casa rica que es tan indígena como la mujer de Macario, se da el lujo de humillarla porque la ropa de su ama no tiene la calidad que se le exige.
Algo similar pasa con Macario, quien al empezar a ganar dinero ya no el mismo muchacho humilde que recogía leña en el bosque, ahora le gusta hacerse desear y atiende a quien se le da la gana. El perfil del nuevo rico tan vigente en nuestros días: ignorante, soberbio y con pésimo gusto en su forma de vivir.
La fotografía de Gabriel Figueroa resulta impecable. Tanto por los cielos plagados de nubes, como por los cuadros preciosistas, Macario y la Muerte en la selva, y en las grutas donde están las velas encendidas y apagadas de todos los seres que pueblan este planeta. El blanco y negro le brinda una atmósfera mortuoria a la película. Es una historia de muertos porque la Muerte es el personaje principal, o la sombra de Macario, un nombre importante en la literatura mexicana en otro cuento homónimo de Juan Rulfo.
Culmina este recorrido con la ambientación, algo difícil de lograr en películas similares, donde los “inditos” hablan en forma extraña y visten de blanco impecable con ceñidor también limpísimo. En Macario no sucede esto. Los personajes, indígenas y españoles visten a la usanza y se expresan como en su tiempo.
Quizás por estos elementos y por el ritmo ágil en la dirección de Gavaldón, Macario sigue siendo una película obligada en el Día de Muertos. Nominada en 1960 con el premio Oscar como Mejor Película Extranjera sigue siendo una historia que seduce, impacta y deja buen sabor de boca de la cual se ha escrito tanto y se sigue comentando.
criado por suplementolajirafa
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